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Rara vez me siento orgulloso de mis fotografías de tiempos pasados, lejos de ver en ellas maestría de cualquier tipo sólo les encuentro defectos. Será bueno -me digo-, algo habremos aprendido.

Con Raíles de Tierra me pasa todo lo contrario. Hace ahora casi diez años.

Colgaba de mi cuello una flamante D100, mi primera cámara réflex digital, por la que había pagado varios meses de salario, y en ella mi primera tarjeta Compact-Flash de 512 Mb por la que pagué nada menos que 180 euros. También me costó un esfuerzo no lanzarla por la ventana –la cámara con su tarjeta-, en varias ocasiones, hasta que un amigo me habló del balance de blancos. Los botones parecían los mismos, pero los menús y los resultados no se parecían en nada a lo que frecuentaba yo en los revelados químicos. Me llevó tiempo, sin duda, habituarme a domar los píxeles que sustituían al grano de la película fotográfica. También me llevó tiempo acostumbrarme a calibrar la luz de la habitación para revelar mis fotos, cuando antes bastaba con una bombilla roja. El olor del fijador mezclado con el tabaco, se convirtió únicamente en olor a tabaco.

Así las cosas, Raíles de Tierra, que nació daltónica por la nostalgia, fue barnizada de sepia toda ella, pues era más fácil ese procesado digital que el del deseado blanco y negro que –en aquellos tiempos- se me antojaba cosa de dioses. Hoy, lejos todavía siquiera de los arrabales de ese Olimpo, me atrevo al menos a volver a editar aquellas capturas –con algo más de madurez y hasta casi el mismo entusiasmo- sin negarles en su blanco y negro un finísimo velo virginal del sepia con el que colgaron de varias salas de exposiciones y perduran en el catálogo que tuvimos la suerte de poder publicar.

Quizá no sean grandes fotos, pero son grandes recuerdos. Pero por encima de todo fue una idea brillante y fascinante de quienes la tuvieron, Fernando Maícas y Mario Hinojosa, a los que tuve el lujo de acompañar con mi cámara para iluminar la memoria de un guión y un proyecto sobre la vía nonata del ferrocarril entre Teruel y Alcañiz. O quizá sobre la simple metáfora de un viajero cualquiera –un transeúnte común- en busca del tren de sus sueños. Que juzgue cada uno.

Raíles de Tierra se forjó durante días de sol, de nubes y de sombras, de muchos cafés y algún que otro vino también, a lo largo de muchos kilómetros -algunos de asfalto y otros de tierra-, con la buena música de fondo que acabo siendo la banda sonora de nuestra película y de nuestra memoria. Cruzamos al universo paralelo de todos esos edificios y edificaciones fantasmas que aún parecen anhelar el silbato de una locomotora.

Grandes recuerdos, grandes días, días de trenes y amistad.

Con la venia, Raíles de Tierra 2.0

Diego HE

 

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