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En 1869, el general Prim apoyó un plan ferroviario para unir Madrid y Barcelona pasando por Cuenca-Teruel-Alcañiz. Nunca se llevó a efecto, pero de alguna manera es el precedente más directo de la línea Teruel-Alcañiz-Caspe-Fraga-Lérida, cuyo proyecto, debido al ingeniero turolense Bartolomé Estevan, comenzó a ejecutarse en 1926 y se interrumpió en 1930, truncándose de esta forma el sueño de vertebrar mediante el ferrocarril nuestra provincia y cambiar de forma radical sus comunicaciones.

Diego Hernández, Mario Ropero y Fernando Maícas han recorrido, cámara en mano, el quimérico trazado de este tren non nato para narrarnos, mediante diferentes instantáneas de magnífica factura plástica, su particular visión de este proyecto ferroviario turolense abortado. Así, han confeccionado una exposición de título tan hermoso como ajustado a la realidad, Raíles de Tierra, en la que con los ojos de Diego, la voz de Mario y de la mano de Fernando, se nos propone un viaje onírico en la sombra de un tren al "reino de las cosas perdidas"; un tren espectral que, como tantas otras veces por estos pagos, acabó descarrilando en la cuneta del olvido, dejando esos "Raíles de Tierra" que nos conducen por un mundo surrealista desamparado en los márgenes del tiempo de airosos puentes sin pretiles, estériles túneles de eterna virginidad y arrumbadas estaciones de relojes detenidos; un tren fantasma que dejó como recuerdo esos Raíles de Tierra, ominosa cicatriz de una esperanza cercenada de andenes desiertos, vanos almacenes y baldíos muelles de carga devorados por tempestuosos océanos de zarzas.

En una primera mirada a la exposición, el espectador se recrea en su clara intención estética: participa de la sensación de tiempo detenido y disfruta de la extraña belleza de la desolación y el abandono. Pero, al mismo tiempo, por otra parte, bajo la precisión de la cámara de Diego y los líricos textos de Mario -los guiños cinematográficos y literarios son abundantes-, descubre una segunda pretensión claramente reivindicativa, presente ya en la misma elección del tema y en su presentación cíclica: importancia del círculo en las fotografías, vagones de un tren circular -eterno retorno- que discurre por el oprobioso territorio de la desatención ancestral de una tierra con recurrentes problemas de infraestructuras, siempre planteados y nunca resueltos; siempre, una y otra vez, pendientes de una posible realización futura que nunca llega; siempre inconclusos.

Irónicas coincidencias de la vida: desde la última estación, el viajero contempla los cipreses del camposanto -"enhiesto surtidor de sombra y sueño"-, símbolos de muerte y olvido, pero también de esperanza -"flecha de fe, saeta de esperanza''-. De alguna manera, aunque sea emocionalmente, la exposición supone un desagravio ante el silencio cómplice del abandono y se convierte, en cierta medida, en un bálsamo reparador de la herida abierta. Disfrútenla. Bon voyage.

JUAN VILLALBA SEBASTIÁN

Amigo y escritor

 

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