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He hecho esta página para ti y para mí, pero sobre todo por ellas. Me niego a que todo ese montón de obras que un día fueron mariposas vuelvan a ser gusanos metidos en una caja. Y así, gracias a estos clavos invisibles tan virtuales como reales, puedan volver a la vida, vagar y pasar, quizá un día, por el limbo de tu mirada.

No te contaré los detalles de mi vida, no valen la pena. Sólo te diré que mi amor por la fotografía nació gracias a mi padre –periodista de la vieja escuela más preocupado de noticias que de audiencias- que llevaba siempre una cámara colgando del hombro y no permitió que piedra o personaje alguno de Teruel se movieran sin ser perpetuados en sus diapositivas, y gracias también a que mis compañeros de la infancia no me eligieran para el equipo de fútbol y así pude apuntarme a la extraescolar de fotografía, donde aprendí la técnica y a nadar entre los líquidos de la alquimia.

Aun cuando siempre he pensado, y sigo pensando, que la fotografía es un deporte en solitario, sólo me ha reportado amigos y, lo mejor, la mujer más maravillosa del mundo, una fotógrafa de la que vivía a 9.500 kilómetros de distancia y con la que he acabado compartiendo la vida.

Es agradable tener un ático como este, con ventanales abiertos a todas las direcciones en las que se mueve el viento. Puedes pasar y quedarte, o mirar a través de ellos, en cualquier caso sólo encontrarás los gritos inmóviles de un trabajo que nace en silencio, o como mucho al murmullo de la música lejana.

Estas son algunas de mis fotos, que dejaron de pertenecerme en cuanto dejaron de pertenecerle al tiempo al cerrarse el obturador, y lo son ya por sí mismas.

 

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